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Por qué el emprendedor en Cuba no puede expandir su negocio como franquicia

Un cuentapropista técnico en reparación de celulares espera llegada de clientes a su local en La Habana (foto: EFE)

LA HABANA, Cuba.- Vistas como una contienda boxística, las relaciones entre la empresa estatal y el emprendimiento privado son las de una pelea amañada. No importa el desempeño de los púgiles ni el arbitraje, el dueño del espectáculo ha cantado la victoria de su favorita mucho antes de comenzar el combate.

Hay quien dijo alguna vez que los cuentapropistas cubanos eran como la Cenicienta, esa muchacha sometida por la madrastra y siempre en desventajas con respecto a las hermanas postizas, sin embargo, tal comparación supondría la espera de un final feliz, mostrar demasiada fe en que la injusticia se remedie más pronto que tarde, aunque (y ahí estamos de acuerdo) por la intervención de un hada madrina y no a fuerza de rebeldías.

A pesar de los tantos pesares, así van algunos aguantando la infamia con una sonrisa en el rostro, encerrados bajo llave en el desván, pero cantando y bailando con ratones y pajaritos, creyendo ciegamente en la palabra de quien le dice que irá al baile con el príncipe solo si demuestra obediencia, aun cuando muchas de las reglas impuestas además de arbitrarias sean absurdas, imposibles de cumplir.

Ni siquiera la ministra del Trabajo y Seguridad Social y demás funcionarios que rubricaron las normativas a punto de entrar en vigor logran ofrecer una explicación lógica de por qué un restaurante privado tiene un límite de sillas cuando uno del Estado goza de la prerrogativa de crecer hasta el infinito y más allá; o por qué un establecimiento no estatal está impedido de ofrecer servicios de restaurante y bar al mismo tiempo cuando cientos de locales del gobierno lo hacen.

¿Por qué el negocio exitoso de un emprendedor no puede expandirse como franquicia, tal como se le permite a lo estatal aún sin presentar estudios de factibilidad probados?

Es de las tantas preguntas que se haría el dueño de una famosa heladería de La Habana cuyo éxito más que probado le permitiría incluso el apoyo de inversores extranjeros para aumentar y diversificar la producción, hasta el momento limitada a lo artesanal, e incluso convertirse en exportador o en líder del mercado interno, desplazando a marcas como Nestlé que, en su aventura por dominar el sector dentro de Cuba en un futuro que no acaba de llegar, ha menguado la calidad de sus productos buscando no solo lidiar con la inestabilidad en el suministro de materias primas sino, además, con el bajo nivel adquisitivo de la población.

Por qué el negocio exitoso de un emprendedor no puede expandirse como franquicia. Heladería no estatal en La Habana. Foto P. Chang

Una de las miles de consecuencias nefastas del apartheid que sufren los cuentapropistas, al menos en el ejemplo de nuestro heladero “particular”, es la frustración del talento local que constantemente se ve obligado a emigrar para alcanzar sus metas cuando no a desaparecer acosado por los obstáculos legales y fiscales, diseñados solo para dejar el campo libre a lo estatal e incluso a la inversión extranjera pactada con un Partido Comunista que insiste en estigmatizar lo nacional por los temores que todos conocemos.

La prohibición de crecimiento para el sector privado contrasta como una paradoja frente al discurso oficialista que implora sustituir importaciones y expandir la industria cubana hacia el mercado externo mientras desaprovecha las oportunidades de aumentar la variedad de las exportaciones al excluir las potenciales producciones de los emprendedores, impedidos de participar de igual a igual en la economía.

Las evidencias de una guerra declarada van más allá del bombardeo de multas que no cesa o las dilaciones en la apertura de ese mercado mayorista que aún reclaman los ingenuos, esos que malgastan las energías soñando que, tan solo por comprar al por mayor, serán el Ray Kroc o el Coronel Sanders del “socialismo a la cubana”, en vez de plantar cara al asunto y exigir ser reconocidos como empresarios en el país donde corresponde serlo porque les pertenece, por encima de cualquier ajeno.

Lejos de un “reordenamiento” en busca de poner orden en el caos, las nuevas normativas al emprendimiento hacen sospechar de un plan de aniquilación de la iniciativa privada más auténtica, de una maniobra disuasoria para quienes, incluido Barack Obama, equivocaron el sentido de la palabra cambio que, en el vocabulario de algunos que llevan las riendas del poder en la isla, significa cambalache y no rectificación.

Lo que estamos presenciando no es otra cosa que el fin de ese aperturismo tan celebrado por casi toda la prensa en su momento y que, como advirtieron algunas Casandras, cual traje de gala jugó su papel deslumbrante en las mesas de conversaciones con los Estados Unidos y la Unión Europea pero que, acabado el baile y anunciada la boda, deberá regresar al ropero.

En fin, que la fábula de la Cenicienta que les ha tocado representar a los emprendedores cubanos no es esa con happy ending versionada por Disney a partir  de lo compilado por Charles Perrault y los hermanos Grimm, sino la tétrica leyenda medieval donde la madrastra era realmente una madre codiciosa y sanguinaria, capaz de cercenar los pies a las hijas para que encajasen en la zapatilla de cristal.

La frustración del talento local, constantemente obligado a emigrar para alcanzar sus metas cuando no a desaparecer acosado por los obstáculos legales y fiscales. Foto P. Chang
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